Publicado en Conocimientos

El milagro de Navidad

 “No sé cómo me llamo ni cuantos años tengo.  No conozco a mi padre y de mi madre solo recuerdo un poco. Ella se marchó con Dios cuando yo era muy pequeño. El mejor recuerdo que tengo de ella es una forma de reír que tenía y que me hacía reír a mí también. Ya no recuerdo cómo te sientes después de un abrazo ni si un beso en la cara te duele.

Tugurios, Pobres, Niño, India, H4Zp

No he ido ningún día a la escuela. No sé sumar ni leer porque estoy todo el día recogiendo en el vertedero latas para poder venderlas y poder comer. Hay días en que las tripas me duelen. Nunca he bebido leche, ni cola-cao de ese.  Duermo allí, debajo de ese puente y cuando llega el frio me tengo que tapar con un plástico porque caen gotas del puente.

Los miércoles allí abajo ponen un montón de puestos con frutas. Algunos de los que venden sin que los vean sus jefes, dejan caer una manzana y la patean hacia donde saben que estoy escondido. Me la como rápido porque al rato vienen los guardias y tengo que esconderme mejor o salir corriendo para que no me cojan. Hay gente que me dice que si me pillan, me meten en una cárcel para niños y que de allí nunca saldría. Tengo miedo de que suceda. Ahora corro muy rápido.

En el vertedero, hay un jefe que tiene a trabajadores buscando lo mismo que yo y varias veces me ha tirado piedras…. Mira, aquí tengo aun la marca de una vez que me dio con una grande que me hizo sangrar mucho. Me estuvo doliendo mucho la cabeza durante unos días.

Otro día, me caí dentro de un agujero y pase todo el día y la noche allí metido porque no podía salir. Grité pidiendo ayuda pero nadie vino a ayudarme. Y encima por la noche llovió mucho. Después, estuve unos días sin comer porque no podía moverme de mi caja de cartón. Me sentía ardiendo pero tiritaba de frio. Me dolían los brazos, las piernas, la cabeza…

Creo que hoy es navidad, y me iré a pasear por las calles del pueblo a ver si encuentro algo de comida que hayan tirado. Hoy, es un día muy especial.”

Invierno, Puente, Madera, Paisaje, Nieve

El niño se levantó y despidiéndose con un gesto con las manos llenas de cortes sanados a causa de los cristales que se tiran en el vertedero, comenzó a andar hacia el camino que le llevaría en algo más de dos horas al pueblo más cercano. Solo llevaba un pantaloncito raído por debajo de las rodillas, una camiseta de difícil clasificación de color y una chaqueta que le cubría casi todo el cuerpo de pequeñas dimensiones. Como calzado, unas zapatillas de diferentes marcas que en otros tiempos habrían sido el capricho de algún pequeño y el pie izquierdo con un enorme agujero en la suela, dejaba al aire el pie del pequeño.

La Nieve, Paisaje, Invierno, Frío

Me fijé en las huellas dejadas en la fina capa de nieve. Daba pequeñas zancadas quizá porque no quería irse de mi lado. Hacía mucho tiempo que no se paraba a hablar con nadie. Desconfiaba, según me contaba, de los extraños, “por si acaso le llevaban a la cárcel para niños.”.

Al llegar al camino, se giró y se volteó para levantar su manita moviéndola para despedirse para después enfilar su camino hacia el pueblo. Aún no había amanecido y la temperatura debía estar cerca de los 8 o 9 grados bajo cero.

Levante mi mano y la agité para saludarle al tiempo de gritarle que yo me quedaba allí para esperarle por la tarde / noche y me contara como le fue el día.

Una vez le perdí de vista, aproveche la situación de soledad y silencio e hinqué las rodillas en el suelo para ofrecer una oración a Dios, suplicando que ayudara a este pequeño en este día.

El pequeño fuego que tenía encendido estaba dando sus últimos alientos y la llama a cada segundo se iba extinguiendo más y más, hasta solo ser un montoncito de ascuas. Sentía el frio calarme a través de la ropa que llevaba puesta. Levanté la vista hacia el cielo raso viendo la inmensidad del universo, y exclamé –“Oh, dios mío. Te imploro que ilumines el camino del pequeño. Hazle sabedor de tu grandiosidad y muéstrale tu amor por él. No permitas que sea maldecido, y limpia su camino de todo mal.” –

Fogata, Fuego, Playa, Hoguera, Calor

Después de implorar con lágrimas en los ojos esta súplica, comencé a tener un sentimiento de calor, de paz, de relajación, que me hizo caer en un profundo sueño aun estando con las rodillas clavadas en el suelo, y las llamas daban paso a unas pocas luminiscencias de color rojizo en el centro.

Cuando abrí los ojos, caían unos copos de nieve sobre el fuego ya extinto. La luz del día se había hecho dueña de la oscuridad. No sentía frio. Estaba con una extraña sensación de tranquilidad. No sabía qué hora era ni tampoco me importaba mucho en ese momento. A mi mente solo venia la imagen del pequeño despidiéndose y dirigiéndose hacia el pueblo. Me preguntaba:” ¿Señor, quizá debería haber sido más valiente y haber acompañado en el camino al pequeño?”- Volví a cerrar los ojos y lancé nuevamente un imploro de cuidado y protección hacia el pequeño.

Al cabo de un rato, en la lejanía, oía una vocecita gritar- “Señor… señor….”. Volví a oír esa vocecita pero algo más clara que me hizo abrir los ojos. – “Señor…. Señor…. Soy yo…”

Ante mi tenia a un pequeño niño, que con su mano me agarraba del hombro y me lo agitaba. En su cara tenía una sonrisa dejando ver unos dientes poco cuidados y un hueco entre dos de ellos que denotaban la falta de un diente.

A la nariz vino un olor afrutado, dulce. Miré a ese pequeño bien peinado, bien abrigado, con unos pantalones largos y unas zapatillas nuevas. Llevaba un abrigo que le quedaba como un guante, con una capucha que le cubría la cabecita.

  • “señor… soy yo. Vengo a despedirme. Pero antes tengo que contarle lo que me ha pasado hoy, como prometí esta mañana”

No daba crédito a lo que estaba viendo. Este niño, no podía ser el mismo que esta mañana se despedía de mi harapiento, y lamentablemente, maloliente a orín y heces. A mi cabeza vino un pensamiento de haber muerto de frio y aquel niño, no fuera un niño, sino un ángel. O quizá el que había muerto era él y se había convertido en un angelito, y venía a por mi alma.

Del bolsillo del abrigo, sacó una hermosísima naranja y la puso en mi mano. Arrastró un trozo de cartón que ayer le servía de protección para el frio de la noche, y con una habilidad especial le encendió, colocando unas pequeñas ramitas para encender un pequeño fuego.

“¿Te acuerdas que esta mañana me fui al pueblo? Pues te cuento lo que pasó… Al llegar a la primera casa tuve cuidado de que nadie me viera mirar en el contenedor, haciendo el mínimo ruido posible. Encontré una bolsa con restos de la cena que tuvieron por la noche. Deben ser millonarios, porque había carne sin hueso. También encontré unas cosas de color anaranjado que olían mal y las separé, Parecían gusanos porque encontré cascaras de esos bichos en la bolsa… Hasta encontré un trozo de tarta. No tenía muy buena pinta, pero estaba rica. Olía a alcohol, como el aliento del jefe del vertedero.

Comí deprisa por si acaso aparecía alguien y el resto lo guarde en la bolsa que llevaba atada con la cuerda del pantalón y me fui de allí. Ya comenzaba a aclarar el día y de repente comenzó a nublarse de una forma rara y en muy poco tiempo, el cielo comenzó a tirar nieve. Me senté detrás del muro de otra casa para ver como caía la nieve. Me gusta ver los copos de nieve caer y ver como se juntan en el suelo.

Aproveche el sitio para seguir comiendo esa carne que había recogido, que aunque estaba fría, estaba rica. Estaba comiendo tranquilamente y comencé a oír gritos de unos niños desde dentro de la casa. Me asustó ori esa forma de gritar y oír como llamaban a su papa, a su mama y a su abuelita. Dejé la comida y salte por la pared cogiendo un palo que me encontré por si acaso pudiera ayudar a esos niños.

Vi como se encendía la luz del techo a través de la ventana y me fui hasta ella. Tenía unas cortinas que tapaban la ventana, pero por un huequito podía ver el interior.

Allí estaban esos dos niños y la niña gritando y saltando alrededor de un árbol que tenían plantado en medio del interior de la casa. Pensé en que era un árbol mágico porque se le encendían luces de diferentes colores. Debajo de las ramas, había unas cajas de colorines. No sé contar, pero eran muchas.

Vi a una mujer que venía con una bandeja y unos vasos que los dejó sobre la mesa mientras otra mujer más vieja entraba en esa habitación y se sentó en una gran silla de color de la hierba. El papá, se sentó en la otra silla igual que la señora vieja. Los niños se subieron encima de él, abrazándole y dándole besos, y  recordé que no recordaba qué se sentía recibir un abrazo ni un beso. Tan siquiera una caricia. La mamá, se sentó al lado del papá y los niños hicieron lo mismo. La abrazaron y dieron besos y luego fueron a por la mujer vieja que empezó a sacar algo del bolsillo del vestido que llevaba y se los daba. Les quitaban un papel y se los metían en la boca. Yo intentaba mirar todo lo que podía y quería saber el porqué de los gritos y la felicidad de esos niños.

La mamá, cogió la cazuela que había dejado en la mesa y empezó a echar algo de color negro en las tazas. En ese momento, se me resbaló el pie y caí dándome con la cabeza contra el suelo y me quede desmayado.

 Cuando volví a abrir los ojos pensé que me había muerto. Llevaba una ropa que no era mía, olía bien, no hacía nada de frio y debía estar sobre una nube porque estaba acostado en algo blandito. Cuando pude abrir los ojos del todo, vi que a mi lado estaba la mamá de los niños.

Empecé a asustarme porque no entendía que un momento antes estaba fuera y ahora estaba dentro. La mamá, puso su mano sobre mi pecho y comenzó a hablarme en un tono muy suavecito. Me dijo que había oído como me caí y salieron todos a ver qué había pasado y me vieron tirado y sangrando bajo la ventana. Me metió dentro de la casa el papá de los niños y fue él mismo quien me estuvo limpiando un poco y me puso el pijama de uno de los niños mientras iba a buscar al médico del pueblo.

Estuvo haciéndome unas preguntas y al rato entró la mujer vieja. Se acercó a mí y acercó su cara a mi frente y me dio ¡un beso! Querían saber cómo me llamaba y yo les dije que solo recuerdo que mi mamá, antes de morir, me llamaba Salvador. La niña, entró en la habitación empujando un carrito con un trozo de tarta gigante y una taza con aquello que vi echar a la mama. Olía de maravilla. La mujer vieja, se sentó en el borde de la cama y me ayudó a ponerme sentado con la espalda apoyada en un montón de almohadas.

Oímos como alguien entraba por la puerta de la casa y llamaba por el nombre a la mujer joven. Ella dijo “Estamos arriba, en el cuarto”. Oí las pisadas de personas subir por unas escaleras hasta que vi al papa de los niños entrar y detrás de él otro hombre con gafas y un maletín en la mano.

La alarma saltó en mi mente. Aquel hombre era de esos que llevan a los niños a la cárcel para hacerles las cosas que me contaban. -“Tranquilo chiquillo… – decía el papa, señalando al hombre – Este hombre es el medico del pueblo y solo quiere ver las heridas de tu cabeza”-

Pensé que esas personas debían ser multitrillonarias por tener a un médico que va a su casa.

Sentí las manos frías del médico ponerse en mi cabeza y me la movía de un sitio para otro. Un par de veces me hizo daño al moverla. Me pregunto por cuantos dedos veía delante de los ojos mientras en su mano levantaba unos dedos. Le dije que no lo sabía, porque no sabía contar. Me alumbró con una luz a los ojos y tuve que cerrarlos. El papa y él, salieron del cuarto y se quedaron hablando en la puerta de la habitación. La niña, estuvo mirándome todo el rato y me dijo: – “No te preocupes niño. Todo va a salir bien. Ahora descansa” y se acercó y me dio un beso en la cara para después salir corriendo por las escaleras abajo. Justo en ese momento entraron los dos niños que eran iguales (yo pensaba que veía doble por culpa del golpe) con un montón de ropa cada uno. Me saludaron con una sonrisa en la cara con un simple “hola”, dejaron la ropa en una silla y se marcharon bajando las escaleras.

Vi como el médico le daba una cajita al papa, y se despidió bajando las escaleras. El papa entro en la habitación y se sentó al otro lado de la cama, cogió mi mano y me pregunto que donde vivía, si mis padres tenían teléfono, para llevarme con ellos. Les conté que no sabía quién era mi padre, que mi mama se murió y que no tengo a nadie que me cuide. Les dije el sitio donde iba todas las noches a dormir, donde iba a buscar las latas para venderlas a un señor que venía todas las semanas…

La mujer vieja y la mamá comenzaron a llorar y el papá quería llorar también pero se aguantó aunque se le veía tragar de vez en cuando y como cerraba los ojos apretándolos al escuchar lo que contaba yo.

Él se levantó y cogiendo de la mano a la mamá, la saco de allí dejándome a solas con la mujer vieja. Me pregunto que si tenía hambre y la dije que sí. Me acercó la bandeja con aquello que tan rico olía y me advirtió que la taza estaba muy caliente y que tuviera cuidado. Cuando probé eso, pensé que aquello era comida de Dioses por lo rico que estaba  aunque el color casi negro no me gustara. Dí un mordisco al bizcocho del plato y nunca había comido nada igual de exquisito. No dejé nada en el plato ni en la taza. De repente me empezó a entrar un sueño… pero pensé que debía irme de allí, que sería muy tarde ya y yo tenía que buscar latas para poder comer al día siguiente. Que estas personas no me querrían como el resto del pueblo que cada vez que me veían me tiraban piedras insultándome y achuchándome a los perros. Bueno… no todos, porque para otros debería ser invisible o que no existo. Por eso no vengo al pueblo desde hace mucho tiempo.

Quise levantarme pero la mujer mayor me acomodó y me arropo. Nunca recuerdo haber tenido esa sensación. Cerré los ojos y me dormí. Cuando desperté, el papá de los niños salía de un cuarto que había dentro de este cuarto. Me pregunto qué tal me encontraba, y que si quería darme un baño. Que él me ayudaba si quería. –“Un baño?, Esta gente tiene un rio dentro de la casa?”

Le dije que sí y me ayudó a levantarme y cuando me metí en ese cuarto… no creía que estaba viendo todo eso que veía en el vertedero tirado, tan nuevo y todo junto. La bañera estaba llena de agua, y el papa me pregunto que si quería yo hacerlo solo que él me estaría esperando afuera. No quería quitarme esa ropa delante de él y le dije que yo solo podía hacerlo. Me dio una esponja y un bote de jabón para el cuerpo junto a otro bote con jabón para el pelo. Salió del cuarto de baño y cerró la puerta. Cuando me metí en la bañera con esa agua tan calentita no quería salir nunca y empecé a echar jabón de ese en el agua formando pompitas. Estuve jugando y chapoteando en el agua durante unos minutos.

La mamá dio tres golpecitos a la puerta y me pregunto que si podía entrar para lavarme la cabeza. Al principio dudaba pero la dije que sí, que podía entrar. Me lavo la cabeza y sus manos me acariciaban por todos los rincones de la cabeza mientras tarareaba una canción.

En ese momento pensé:” vale… cuando acabe de bañarme, seguro me devuelven mi ropa y me sacan de nuevo a la calle para que me vaya.”.

Me pidió que me pusiera en pie y abrió el grifo y empezó a caer agua desde una cosa que estaba colgando de la pared sobre mi cabeza. Me ayudo a salir de la bañera y me cubrió con una toalla grande y empezó a frotarme con ella por todo el cuerpo. No recordaba sentir nada igual en la vida y me dejé hacer.  Cuando estaba seco, me cubrió con otra toalla y me peino con suavidad y me echo un poco de colonia. Me decía lo guapo que era, y lo bien que olía ahora. Llamó al papa y le pidió la ropa de la silla. El papa no entró. Solo abrió la puerta y dio a la mujer un montón de ropa doblada. Me puso los calcetines, unos calzoncillos, los pantalones, una camiseta, un jersey… me picaba todo el cuerpo. Nunca había tenido tanta ropa puesta. Luego me hizo sentarme para ponerme estas zapatillas tan chulas. Parece que voy andando entre las nubes con ellas. Cuando acabo de vestirme, abrió la puerta y allí de pie estaban todos viéndome salir del cuarto de baño. La niña, me miraba con los ojos muy abiertos con una sonrisa muy grande, y los niños sacaron el dedo pulgar hacia arriba y decían “Guay,”. La abuela, decía una y otra vez, “pero qué guapo eres pequeño”.

El papa, se agachó y cogiéndome de los hombros me miro a los ojos y me pregunto que si quería comer con ellos. ¿Comer?” –Pensé-“claro que quiero comer. Siempre tengo hambre”.

Bajé con ellos por las escaleras y la niña me agarró de la mano diciéndome “ten cuidado, no te vayas a caer otra vez”. Me miraba y sonreía en cada escalón.

Nos sentamos alrededor de una mesa llena de platos con cucharas, tenedores, cuchillos, vasos de cristal. Yo no me acuerdo de haber usado nunca un tenedor ni un cuchillo. Toda la comida la agarraba con las manos. Sentía como el calor se me subía a la cara.  – “Mira, abuelita, se está ruborizando” decía la niña. Sentía que lo que ella decía no era por hacerme daño. Esa misma sensación la sentí desde que abrí los ojos en la cama esta mañana. Me sentía raro, relajado…

La abuela, me cogió de una mano, y la niña, de la otra. Vi como todos se daban la mano, cerraban los ojos, agachaban la cabeza y estaban en silencio mientras el padre daba gracias por los alimentos, pedía protección, y otras cosas que no comprendí lo que querían decir. Al finalizar el padre, todos dijeron “Amén”. Entonces la madre y la abuela empezaron a echar un caldo en los platos. Me dijeron que era sopa. Que la probara y si no me gustaba que  lo dijera sin problema alguno. Al no haber usado nunca cubierto, me fije en que todos cocían la cuchara y los imité. Metí la cuchara entera en la boca y me quemé la lengua todos se rieron, menos la abuela, que me enseñó cómo hacerlo bien. Después, en otro plato limpio, pusieron un trozo de un pollo gigantesco. La mamá, me dijo que eso era pavo, no pollo. Vi a los niños coger el trozo de carne con las manos y con el tenedor, cogían las patatas fritas. Y después de eso, me pusieron natillas con una galleta encima.  No me cabía nada más en la tripa. Pensaba que iba a reventar. Cuando acabamos de comer, pregunté si podía coger un poco de todo y guardármelo para otro día, y comerlo debajo del puente.

La abuela y la niña, miraron a la madre y al padre. Mientras él se encendía un cigarro mientras daba un sorbo a un líquido negro de una tacita, me miró y dijo:

-“ La Navidad, es tiempo de ilusión, de añoranza, de amor, de esperanza, de felicidad…  no nos gustaría que después de conocerle, y saber su pasado, estar todos los días pensando en qué será de su forma de vida, qué le faltará, como estará de salud, qué comerá… Mamá la abuela y yo hemos hablado de invitarle a quedarse con nosotros y poder ayudarle a vivir una vida nueva. ¿Qué os parece a vosotros, niños?”

Todos dijeron “Si” dando palmas de alegría. El padre, me miró y me pregunto directamente. “¿Te gustaría quedarte con nosotros? Te enseñaremos a leer, a escribir, Irás al colegio, y ya nunca más dormirías en la calle, ni nadie nunca más te lanzará piedras, y tendrás una familia que te quiera. ¿Qué decides?”

Debí tardar mucho en responder porque todos me miraban fijamente esperando una respuesta. En ese momento me vinieron recuerdos del vertedero, de esto que tenemos alrededor, de las noches de frio, de los días de hambre, de no saber nada… y conteste mirando a la niña “si ella quiere que me quede…”- y girando la cabeza y mirando a los chicos dobles, “… y ellos también, podríamos intentarlo hasta que se cansen ellos de mi”.

Los tres niños se levantaron de sus sillas y me rodearon con los brazos y la abuela nos apretujo a los cuatro.

De repente me acorde de ti, y pedí que me trajeran para despedirme y contarte como me habían ido las cosas en el pueblo. Te lo había prometido y las promesas hay que cumplirlas siempre. Eso es algo que también he aprendido hoy. “”

Escuchar esas palabras en boca del pequeño, me hicieron aflorar unas lágrimas en los ojos que comenzaban a caer por las mejillas.

“No llores, porque mientras veníamos hacia aquí, le hable a mi nuevo papá de ti, y que eras como yo pero en mayor, y me ha pedido que te diga que si tú quieres, puede darte trabajo en la casa, que tiene muchas cosas que reparar.”

“Mi querido pequeño. Yo estaré donde quieras que yo esté. Estaré en el canto de los pájaros, en las hojas de los árboles, en las aguas del rio, en las nubes del cielo. Siempre estaré aquí dentro- dije señalándole con el dedo a su corazoncito-. Ahora, ve y no hagas esperar a tu nuevo papa, Hónrales siempre, sé una persona de bien, y nunca olvides como fuiste, Aprende todo lo que puedas para que cuando crezcas, seas un hombre de bien. Anda, ve con él”

“Pero no quiero dejarte aquí solo”, – me dijo el pequeño

“Yo no estoy solo, mi pequeño. Te llevaré siempre en mi corazón. Anda, no pierdas más tiempo. Ve a jugar con tus hermanitos nuevos. Protégelos. Ayúdalos. Y recuerda una cosa. Siempre hay alguien que te lleva en el corazón.  Adiós mi pequeño gran hombre“

Imagenes de https://pixabay.com/es

Autor:

Inquieto, curioso, fisgón, y creativo. Vivo en Madrid (España) Consultor, capacitador y apasionado por el marketing y la publicidad. Especializándome en Gestión de Marca Personal para búsqueda y mejora de empleo, y ponerlo al alcance de las personas que deban o quieran conocer hacer uso de ello Veo unicornios montados en ovnis, y marcianos en los bordes de las carreteras. Los intermitentes me funcionan cuando se encienden, y dejan de alumbrar cuando se apagan. No escalaré el Everest, pero hago unas lentejas riquísimas.

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